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domingo, 30 de diciembre de 2012

Miedo

Hay una historia que tengo miedo de escribir.
Pocas cosas me dan miedo. Hay cosas que me hacen dudar, hay cosas que me hacen sentirme insegura... Pero, ¿miedo? Siempre me pregunté, ¿A qué se le puede tener miedo después de haber tocado fondo? No a mucho, sin duda. No a mucho.
Finalmente, sólo nos da miedo aquello a lo que nos aferramos con desesperación. Aquello que nos sentimos incapaces de soltar. Una vez que lo sueltas, ya no tienes miedo.
Sé que debo soltarlo. Pero no sé cómo. No, sí lo sé. Lo puedo soltar escribiendo. Como lo hacía 10 años atrás. Cuando sólo tenía las letras, las maravillosas letras, y permití que cambiaran todos mis planes. 
Siempre he sabido qué es lo que debo hacer. 
Pero me da miedo.
Y es en medio de ese terror absoluto, aquél que te paraliza y te invalida, que tengo la más clara epifanía. Debo escribir. Debo soltar. Debo dejar que las letras me salven. Porque sólo ellas pueden. Porque es el camino que yo misma elegí, hace 10 años, y he tenido demasiado miedo de seguir.


"Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo"

- Enrique Lihn

martes, 21 de febrero de 2012

Fuera del Promedio

A menudo me ocurre que veo a la gente escribir de gustos, aficiones o costumbres que supuestamente tiene “todo el mundo” y no me siento para nada identificada. Y no solo yo, en general siento que casi nadie de mi círculo cercano encaja con lo que se supone que es “promedio” o que hace (citando a nuestro presidente) “la inmensa mayoría de los chilenos”. Y no me vengan con cuestiones socioeconómicas, que muchas de estas cosas compartidas por “la mayoría” incluyen a gente de un estrato alto, como me ha tocado observar. Entonces, me encuentro a mí misma sintiéndome algo alienígena y preguntándome “¿Seré yo, Señor?”.(No les voy a comentar que escucho una voz en mi cabeza que me responde “SIIIII”, porque ahí definitivamente me tildan de esquizofrénica... ... oh wait!)

El otro día veía a un tipo en mi Timeline de Twitter quejándose de que “típico que a las minas ahora les gustan los tipos estilo wachiturros”. Yo no pude evitar preguntarle horrorizada que qué minas son ésas, porque yo no conozco a ninguna. La mayoría de mis amigas detesta el reggaetón, se sentiría humillada de ser vista con un reggaetonero, y esto se extiende también para esta nueva moda wachiturra, que parece ser, y perdonen la expresión, la misma mierda con distintas moscas. Luego veo también a gente comparando el comportamiento de personas que están en un reality show con el del común de la gente. Entonces me pregunto, ¿en qué momento perdimos los referentes? ¿O es que nunca los tuvimos, éstos siempre han sido aquellos en los que la mayoría de las personas se basan y yo simplemente no me había dado cuenta?

Pero va más allá de eso, de las “modas”, de los wachiturros, el reality show de turno o un montón de cosas a las que yo me refiero con suerte para echar la talla y un lote de gente se toma en serio. Va desde que se supone que a las minas les gusta la música romántica en español (a mí me carga, la encuentro latera y cebollenta a más no poder y Arjona se merece todas las penas del infierno por yeta, cliché, golpeador de mujeres, y que todas sus canciones sean iguales), que todas somos unas indecisas que no sabemos lo que queremos (gracias, Pilar Sordo, por eso), que todas rayamos el tubérculo con matrimonio y bebés, etc. Y para los hombres va lo mismo, todos le tienen miedo al compromiso, ven fútbol todo el tiempo y son prácticamente unos trogloditas que con suerte se bañan, son simples hasta decir basta y date con una piedra en el pecho si son capaces de articular más de dos oraciones seguidas y además no te gorrean.

No me malentiendan, yo también me río con uno que otro chiste basado en generalizaciones (sin ir más lejos con el comercial de Quilmes casi me hago pipí de la risa), y seguro que encajo con mil cosas con las que se suele generalizar a las minas (me encanta la ropa y los zapatos, solo por decir una), pero muchas veces me dan ganas de salir a defender a las mujeres, a los hombres, o a los jóvenes o al grupo que sea con el que se está generalizando porque simplemente eso no es lo que veo yo en mi día a día, con la gente con la que me rodeo, comparto y con la que me gusta relacionarme.

Mis amigos muchas veces se juntan a jugar rol en vez de ver fútbol y son seres complejos y cultos, nada que ver con las caricaturas del hombre troglodita. Tengo ex compañeros de trabajo o de U que están lanzando sus libros en vez de casándose y teniendo guagua, a mis amigas les gusta el rock, más de alguna no tiene idea de realities ni farándula en general y muchas cuando leemos ciertos blogs o revistas femeninas nos quedamos marcando ocupando con los temas expuestos en ellos. Pero luego lo pienso, y me doy cuenta que la defensa del grupo de turno que está siendo criticado o generalizado no vale la pena. Yo puedo conocer a toda esta gente interesante que es harto más que una caricatura de su género, grupo etáreo, preferencia sexual, etc. pero las caricaturas se basan en la gran mayoría de la gente, en el promedio. Y quizás no somos parte de ese promedio, las campañas publicitarias no están pensada para nosotros, ni tampoco los medios más tradicionales con sus tendencias y temáticas que se supone que representan a todos.

Sin embargo, esto me reafirma algo que siento cada día más cierto: “Dime con quien andas y te diré quien eres”. Cada uno elige de quién rodearse. Cada uno ve qué le gusta. Si usted, dama, se queja constantemente del macho poco comprensivo y troglodita, quizás a usted le gustan los hombres así, y está bien que lo reconozca, no tiene nada malo, es solo su preferencia personal. Lo mismo va para los hombres a los que les gustan las minas histéricas. Pero porfa, no nos meta a tod@s en el mismo saco y sea consciente de que si algún día quiere buscar algo distinto, podría encontrarlo. Pero ojo, que en volada lo encuentra y no le gusta. Y ahí el drama es otro.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Confesiones de una Mujer Pechugona

Me impresiona la obsesión que muchas mujeres tienen hoy en día por tener los pechos más grandes. Lo puedo entender cuando la chica en cuestión es más plana que tabla de planchar, lo que debe ser tan complicado como tener demasiadas pechugas -finalmente, los extremos siempre generan problemas-, pero he visto a mujeres con una talla de sostén bastante razonable y acorde a su contextura y que aún así quieren agrandar su busto. A todas ellas les cuento, ser pechugona en este país no es fácil. Seguramente no lo es en ninguno, pero a mí me tocó vivir aquí, así que de eso pienso escribir.

De partida, caminar por la calle en verano es una tarea desafiante. Toooodoooo el muuuundoooo tiene alguna opinión sobre tus pechos, y simplemente TIENEN que decirla en voz alta. Si yo veo a un tipo horrible con cara de sapo, puede que piense "puta el weón feo" pero NO LO DIGO EN VOZ ALTA. ¿Por qué? Porque quizás lo que estoy pensando podría herir susceptibilidades. No entiendo por qué los hombres chilenos no son capaces de tener la misma deferencia conmigo. Supongo que creen que comentar las formas de mi cuerpo es algo divertido o que yo me deleitaré con esas joyas de ingenio y elogios que en muchas ocasiones un niño de octavo básico podría superar. Cualquiera que sea el caso, hay días en los que escuchas tantas cosas que, por lo bajo, cansa. Sí, claro, a veces andas de buenas y te ríes, pero si te pillan de malas bien puede ser la gota que rebalsa el vaso de un largo y difícil día. Recuerdo una vez que salí a la calle llorando -sí, llorando- después de una pelea familiar, y aún así me dijeron cosas -prueba de que nadie me estaba mirando la cara, precisamente-. Y contestarlas no vale la pena. El escenario en el que respondes algo desafiante e ingenioso y los tipos se quedan callados sin saber qué contestarte rara vez ocurre. Generalmente, tu desafío o tu parada de carros solo les da risa. Es que para entender que te hacen sentir mal deberían tener una empatía que, de tenerla, los habría llevado a evitar a hacer su comentario en primer lugar, entonces pierdes el tiempo y fijo que terminas más enojada. Mejor subir el volumen al mp3 o a la música en su celular (con audífonos, porfa) y seguir de largo.

Segundo, los extremos no son buenos. Eso todo el mundo lo dice. Existe un imaginario colectivo en el que una mujer pechugona es un imán de hombres. Bueno, si usted cree eso, lo corrijo, una mujer pechugona es un imán de calientes. Y como describí en el punto anterior, muchas veces no es agradable ni halagador -soy de las que consideran que un halago es que te digan que te ves linda, no que tienes las tremendas tetas-. Y luego, no falta ese tipo intelectual medio artístico que te resultó interesante y al que estabas haciéndole ojitos hasta que se mandó la frase en la que le dice a una mina medio anoréxica que a él no le gustan las minas con demasiada pechuga, que encuentra mucho más atractiva a una mina con menos. Y hasta ahí no más llegaste. Te encuentras mirándote tus propios pechos con cara de frustración y sintiéndote un poquito alienígena. Y no me digan que se trata de aceptarse a una misma y tener buena autoestima y celebrar el cuerpo que te tocó. Por más que me quiera a mí misma, cuando una blusa no me cierra por culpa de las boobies o me duelen los hombros porque el sostén dejó una pulenta marca roja en ellos después de un largo día, no hay amor propio que no me haga sentir que a la naturaleza se le pasó la mano conmigo. ¿Un poquito menos era tanto pedir?

Tercero, la ropa. Siempre miraré con envidia a las mujeres que pueden andar con la parte de arriba del bikini amarrada alrededor del cuello en vez de un sostén. Para serles honesta, yo ni siquiera en la playa me puedo dar el lujo de usar un bikini así. Es asesino para mi cuello y en menos de media hora el dolor será fatal. Con eso, olvídate de usar alguna vez cualquier prenda strapless. Existen los sostenes strapless pero simplemente no me quedan, se me ven las tetas a la altura de la cintura y es súper incómodo. ¿Y conocen el corte imperio? Son esas poleras o vestidos que tienen una línea divisoria justo debajo de las pechugas. Adivinen qué, nunca me queda donde debe quedar y considero que usarlos aunque no te queden donde deben, es simplemente un grave error estético. Ahhh, y las blusas demasiado sueltas tampoco se ven bien. Te ves del ancho de tus pechugas, y si tienes cintura -afortunadamente tengo- ésta se pierde y el resulltado es que te ves más gorda de lo que eres. Así que nada muy suelto, pero tampoco muy apretado a menos que quieras ser cuasi violada en la calle, y lo mismo pasa con el escote: no puede ser un cuello muy cerrado o las pecguhas se te ven demasiado abajo y se ve mal, de hecho, en ese sentido es mejor -irónicamente- usar un escote más pronunciado que en términos estéticos seguramente te beneficiará más, pero la idea tampoco es parecer puta. Finalmente, terminas balanceando una serie de factores y limitando terriblemente la ropa que vale la pena probarte en una tienda. Esto tiene su lado bueno, claro, con el tiempo conoces tu cuerpo y no pierdes el tiempo probándote cosas que sabes que no te quedarán bien. Pero siempre hay alguna vendedora que insiste en que te pruebes un sostén con el que sabes que será imposible correr para alcanzar la micro. Mejor ignorarlas a ellas.

Cuarto, casi nadie te mira a los ojos. Esto, tengo que confesar que me resulta relativamente divertido -no todo podía ser tan malo-. Es particularmente gracioso cuando alguien te está mirando el escote, digamos en el ascensor, y de pronto subes una bolsa que tienes en la mano, la pones a la altura de tu pecho, y le bloqueas la visual. Entonces, es muy probable que el tipo bruscamente mire hacia otro lado, y si te llega a mirar a la cara, le frunces el ceño con cara de "¿qué weá?" y seguro que se pone rojo como tomate y comienza a mirar el suelo. Si no lo ha hecho todavía, amiga pechugona, hágalo, le aseguro risas. Si no hay una bolsa cerca, también sirve la cartera, la mochila, o simplemente la mano. Sí, tápese el escote con la mano. Esto es más descarado, por ende seguramente obtendrá resultados más dramático.



Bueno, finalmente, para no sonar muy negativa, quiero indicar que un buen escote con la ropa correcta, es en mi opinión algo muy atractivo, y lucirlo como corresponde es un arte. Si usted que me lee también goza de atributos prominentes, hágame caso, dése el tiempo de buscar la polera o el vestido preciso a la hora de salir de compras, ése que la beneficia pero tampoco revela demasiado, y llévelo con orgullo. Si le hacen comentarios inadecuados, ignórelos, usted sabe que se ve regia, y si igual anda bajoneada, pregúntele a un macho de confianza que qué tal se le ven las tetas, y seguro que se gana por lo menos una expresión o un comentario chistoso que le logra sacar alguna sonrisa y le sube el ánimo. Si al final, nada es tan grave.

viernes, 23 de septiembre de 2011

El día después de las pesadillas

Te despiertas y por unos momentos no te acuerdas de nada salvo que dormiste mal. Te levantas, te bañas, te peinas, tomas desayuno y comienzas las labores del día.

De pronto, sin previo aviso, alguien dice algo o quizás ves algo y lo recuerdas de golpe. Aquello que soñaste, el haber despertado angustiada en medio de la noche, sin terminar de distinguir lo onírico y lo real, el terror todavía invadiéndote, y sin embargo con un extraño alivio que crece a medida que gradualmente comprendes que solo fue un sueño, que nada era real. ¿O sí lo era?

Eso es lo que te persigue en la vigilia. La duda que te corroe. Cuánto del sueño era solo una pesadilla a la cual no debes prestarle demasiada atención, y cuánto es tu inconsciente intentando decirte algo. Qué temas siguen pendientes, a qué problemas aún no les has dado solución, que vuelven a acosarte en sueños, con esa pesadilla reiterativa que conoces tan bien y que, sin embargo, creías haber dejado atrás, como tantas otras cosas de ese equipaje de las que intentas deshacerte para hacerlo más liviano con el paso de los años y a veces sólo parece hacerse más pesado.

Hay que soltar, dejar atrás. Pero dejar atrás no es olvidar, solo seguir caminando, concentrándose en el presente, soltando las ataduras. Recordar, de vez en cuando, cuando lo amerite, pero saber que son solo recuerdos, ya no fantasmas que te persiguen ni cargas cuyo peso se acumula sobre tus hombros.

Y de pronto, el cansancio. Quizás solo porque no dormiste bien la noche anterior, o quizás por todos esos años intentando solucionar cosas, creyendo que por fin las estabas solucionando, que comenzabas a ver la luz, para que una sombra enorme aparezca en tu camino. Pero es solo eso, una sombra, una nube surcando el cielo de un día que por lo demás es mayoritariamente soleado. Pero la ves y te recuerda tantas tormentas anteriores, tormentas que preferirías olvidar. Pero dejar atrás no es olvidar. No hay que olvidar, solo seguir caminando.

Caminas, avanzas. La nube pasa, la sombra desaparece. Sabes que seguirá acechando. Que debes seguir trabajando en muchas cosas, esforzándote, tomando decisiones, generando cambios. Que hay cansancio, pero también una recompensa. Un sueño libre de pesadillas, o pesadillas que comienzan a convertirse en sueños ya no tan angustiantes, de los que no te despiertas gritando en el medio de la noche, de los que te despiertas y te das cuenta que esta vez el final fue diferente, mejor. Que el trabajo no es en vano, que ves la salida, y las nubes cada vez más lejos. Que las soltaste, las dejaste atrás, al igual que el mal sueño...



"If I look back, I'm lost" - Daenerys Targaryen, Game of Thrones.